Insights · Gestión hotelera

Un alojamiento no termina de diseñarse cuando abre

Antes de abrir un alojamiento puedes intentar prever casi todo.

ABAL Consulting · · 5 min de lectura

Antes de abrir un alojamiento puedes intentar prever casi todo.

Diseñas el producto, defines procesos, eliges tecnología, preparas la distribución, haces números, decides cómo será la experiencia y tratas de anticipar qué necesitará el huésped.

Hay que hacerlo. Cuanto mejor llegues a la apertura, mejor.

Pero después abres la puerta.

Y el alojamiento empieza a enseñarte cosas.

Descubres cómo utiliza realmente el huésped los espacios. Qué entiende y qué no. Qué pregunta continuamente. Qué valora más de lo que esperabas y qué apenas percibe. Qué proceso funciona perfectamente sobre el papel pero complica el día a día. Qué elemento necesita demasiado mantenimiento. Qué decisión de producto acertaste y cuál tendrás que revisar.

Porque una cosa es diseñar cómo debería funcionar un alojamiento y otra verlo funcionar todos los días.

Abrir no termina el proyecto. Empieza la parte en la que la realidad nos ayuda a mejorarlo.

El huésped termina de explicar el producto

Podemos dedicar meses a pensar cómo utilizará alguien una habitación.

Dónde dejará la maleta. Qué necesitará al entrar. Cómo utilizará la cocina. Dónde se sentará. Qué información necesitará. Qué hará al levantarse por la mañana.

Y aun así, cuando llegan los primeros huéspedes, aparecen comportamientos que no habíamos previsto.

No necesariamente porque el producto esté mal diseñado. Simplemente porque las personas no utilizan siempre los espacios como nosotros imaginamos.

A veces algo que considerábamos secundario resulta ser muy importante. O algo a lo que dedicamos muchísimo tiempo apenas tiene impacto en su experiencia.

Por eso gestionar también implica observar.

Las preguntas que se repiten. Las cosas que nadie utiliza. Las peticiones que empiezan a aparecer. Los comentarios. Los problemas que encuentra el equipo. Incluso la manera en que las personas mueven o utilizan determinados elementos.

Todo eso contiene información sobre el producto.

Y algunas mejoras empiezan precisamente ahí.

Las pequeñas fricciones dejan de ser pequeñas cuando ocurren todos los días

Hay problemas que vistos una sola vez parecen insignificantes.

Un proceso que obliga a hacer tres pasos innecesarios. Una puerta que genera siempre la misma duda. Una integración que falla de vez en cuando. Algo que dificulta la limpieza. Una información que el huésped no encuentra. Una tarea manual que tarda cinco minutos más de lo necesario.

Cinco minutos no parecen demasiado.

Hasta que se repiten varias veces al día, durante todo el año.

La gestión tiene mucho de detectar esas pequeñas fricciones y decidir cuáles merece la pena eliminar.

Porque cuando algo se repite, termina convirtiéndose en tiempo, coste, errores, trabajo para el equipo o molestias para el huésped.

Y muchas veces mejorar un negocio no requiere una gran decisión.

Requiere prestar suficiente atención a lo pequeño.

También hay que estar dispuesto a cambiar algo que nos gustaba

Esta quizá sea una de las partes más difíciles.

Cuando has participado en la creación de un producto es fácil encariñarte con determinadas decisiones.

Las pensaste, las elegiste por algún motivo y seguramente estabas convencido de ellas cuando abriste.

Pero después llega la realidad.

Puede que un espacio no se utilice como esperabas. Que un proceso resulte demasiado complicado. Que un servicio apenas se valore. Que una solución estética funcione peor de lo previsto en el día a día.

Y entonces hay que estar dispuesto a cambiarla.

No porque la decisión original fuera necesariamente equivocada. Se tomó con la información disponible en aquel momento.

Ahora tenemos información nueva.

Gestionar también significa permitir que la realidad corrija algunas de nuestras propias ideas.

Pero no todo tiene que ser lo más eficiente

También ocurre lo contrario.

Hay cosas que sabemos que podríamos simplificar y decidimos mantener. Un material que requiere algo más de cuidado. Un objeto especial. Una determinada forma de recibir al huésped. Un detalle que supone más trabajo. Algo que quizá nunca aparecerá en un informe explicando cuánto ingreso adicional genera.

Lo mantenemos porque forma parte del producto que queremos ofrecer.

Porque, antes que nada, hospitality consiste en crear lugares en los que las personas quieran estar.

La eficiencia importa. Los costes importan. Los procesos importan. Pero no deberían hacernos perder de vista para qué existe todo lo demás.

Por eso hay decisiones que no evaluamos exclusivamente por cuánto tiempo ahorran o cuánto cuestan. También importa lo que aportan a la experiencia, a la identidad del alojamiento y a la forma en que queremos hacer las cosas.

La clave está en que sea una decisión consciente.

Saber dónde necesitamos ser eficientes y qué cosas merece la pena proteger aunque exijan un poco más.

Gestionar también es seguir diseñando

Cuando un alojamiento abre, el proyecto no termina.

Simplemente cambia la información con la que tomamos decisiones.

Antes de abrir trabajamos con estudios, experiencia, datos, escenarios, presupuestos y muchas hipótesis.

Después tenemos algo que antes no existía: realidad.

Tenemos huéspedes utilizando el producto. Un equipo trabajando todos los días. Procesos funcionando —o no—. Costes reales. Problemas que se repiten. Cosas que funcionan mejor de lo esperado. Y oportunidades que no habíamos visto.

Entonces toca observar, medir, escuchar, corregir y volver a probar.

Algunas mejoras serán grandes.

Muchas serán diminutas.

Pero juntas hacen que el alojamiento que gestionamos un año después de abrir probablemente sea mejor que el que imaginamos antes de hacerlo.

Abrir no termina el proyecto. Empieza la parte en la que la realidad nos ayuda a mejorarlo.

Quizá por eso nos gusta pensar que un alojamiento nunca está completamente terminado.

No porque tenga que estar cambiando continuamente.

Sino porque gestionar también es seguir aprendiendo cómo hacerlo mejor.

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